
En la segunda mitad del siglo XIX, la fiesta en Mérida dejó de ser solo una forma de entretenimiento. Para la élite, se convirtió en un espacio donde se confirmaba el estatus y se marcaba el tono de toda la cultura urbana. Fiestas, almuerzos familiares, veladas musicales — todo eso tenía peso no por la comida o la música, sino por quién asistía, cómo se comportaba y a quién no se había invitado.
Formalmente, cualquier fecha podía servir de excusa — cumpleaños, boda, primera comunión, la llegada de un pariente. Pero había algo más detrás. Estar presente en una fiesta significaba pertenecer al círculo “adecuado”, tener acceso a un mundo donde no se valoraba tanto el dinero como el estilo, el comportamiento y las conexiones. En esas fiestas se formaban futuras alianzas políticas y comerciales, matrimonios, rumores y reputaciones.
La fiesta también era un instrumento de exclusión. Las personas sin modales, con conductas inapropiadas o con un “pasado equivocado” no entraban en esas casas. Incluso los textos en los periódicos lo dejaban claro: quienes “fueron vistos” en la velada se volvían automáticamente visibles en la sociedad.
En paralelo, existían otras formas de diversión — calles ruidosas, fiestas espontáneas, serenatas donde el orden muchas veces se rompía. Pero eran las fiestas burguesas las que definían quién era “decente” en la ciudad y quién solo hacía ruido.
Pero la frontera entre lo aceptable y lo inaceptable era móvil. Formas de entretenimiento que se consideraban vulgares — bailes callejeros, serenatas espontáneas, juegos de azar — convivían con cenas respetables y bailes elegantes, formando una cultura urbana alternativa. Con el tiempo, el juego dejó de ser algo exclusivamente callejero: empezó a infiltrarse en los salones, en la gastronomía, en los formatos digitales de ocio. Cómo se transformó y dónde terminó en el siglo XXI puede rastrearse a través de diversos sitios con reseñas de juegos de azar, donde se registran cambios en la propia estructura del entretenimiento.
Cómo funcionaba la cortesía de la élite
Para asistir a una velada en Mérida en el siglo XIX, no bastaba con ser cortés. Hacía falta una tarjeta. O más bien — una invitación entregada con el intervalo correcto, firmada a nombre de la anfitriona y redactada según todas las normas. Nada de visitas inesperadas ni de aparecer sin aviso. Incluso una disculpa por no asistir debía enviarse por carta — con una explicación de por qué “no fue posible”.
Así se formaba un código de cortesía. Este no solo determinaba el calendario de recepciones, sino también el tono de las relaciones entre familias. Las visitas se contaban — literalmente: las tarjetas se apilaban y se usaban para llevar un registro de quién vino y quién no devolvió la visita.
La figura central en estas recepciones era la mujer. Se encargaba de que el salón estuviera abierto el día correcto, los aperitivos fueran frescos, la mesa estuviera bien puesta y las hijas, listas para posibles propuestas. Eran las mujeres quienes negociaban a través de los detalles: la tela del mantel, la melodía al piano, la forma del postre servido.
Estaban de moda las veladas musicales con piezas populares. Los visitantes o amigos respetados de la familia solían ser los intérpretes. Las jóvenes tocaban el piano o cantaban — y esto formaba parte de su “dossier social”. Estas veladas no solo entretenían, sino que construían el futuro: el matrimonio, la posición en la sociedad, la carrera del esposo.
Las medidas del gusto y del respeto eran sutiles. Incluso los guantes, los abanicos y las tarjetas jugaban su papel: su tamaño, el momento de uso, el material. Equivocarse podía dejar mal parada a toda la familia.
Formatos de fiesta: de soirées a banquetes políticos
Cada ocasión tenía su propio guion. Las celebraciones en casa — cumpleaños, bautizos, bodas — eran modestas, pero con atención al detalle. Lo más común eran las tertulias — veladas con familiares y amigos, con comida, conversación y música. Si el presupuesto lo permitía, se contrataba una orquesta. Si no, bastaba con un piano y un par de conocidos que supieran tocar.
Poco a poco aparecieron las soirées — recepciones sociales tomadas de la moda francesa, con cierto nivel de sofisticación. Allí se tocaba música clásica, se recitaban poemas, se hacían obsequios y se organizaban pequeños bailes. Para las jóvenes, estas noches eran una oportunidad de “mostrarse” — en el sentido literal: apariencia, voz, maneras.
También existían formatos más relajados. Los llamados asaltos — fiestas inesperadas donde amigos y parientes llegaban a casa de los anfitriones sin aviso (aunque acordado de antemano), con orquesta y regalos. Los anfitriones “no sabían” de la visita, pero la mesa estaba servida, las habitaciones listas, la música reservada de antemano. Todo ocurría entrada la noche y podía extenderse hasta el amanecer.
En un nicho aparte estaban las fiestas políticas. Aquí lo importante no era el baile, sino el brindis; no la música, sino el discurso. Estas reuniones se organizaban en honor a funcionarios, cambios de gobierno, fechas nacionales. Permitían demostrar lealtad, sellar alianzas, acercarse a figuras clave. Ya no se celebraban en casa — se alquilaban salones, se contrataban cocineros, se imprimían invitaciones.
Por último, estaban los almuerzos y cenas en honor a las festividades católicas. Navidad y Año Nuevo, Pascua y Pentecostés reunían a las familias en torno a mesas abundantes. Los productos se encargaban con antelación — muchas veces desde Europa o el norte de México. Los almuerzos iban acompañados de felicitaciones, poesía, regalos. Con el tiempo, las cenas caseras tradicionales comenzaron a ser reemplazadas por banquetes festivos en restaurantes. Así comenzaba una nueva forma de vida social.